Soneto a la muerte de un amor vacío

Soneto a la muerte de un amor vacío

Tu verbo alumbró mi desdichado ser,
sirviente afligido hasta mi vejez
de horas llenas con mísera vetustez,
ensueño vago y lánguido amanecer;

callarte debieran el acontecer
y la infame desdicha de tu doblez,
sembrando mi espíritu con tu memez
retorciste belleza en falso querer:

¡más he aquí el terminar de mi esclavitud!,
¿ves?, nada es eterno en el tiempo del yo,
pues incluso el dolor pierde su acritud.

Corazón otrora de tí lacayo
late ahora con sin igual lasitud
aún cuando antes fuera tu fiel cobayo.

Nota sobre «Soneto a la muerte de un amor vacío»:

La poesía no tiene por qué constituir una barrera para la gente común y corriente, como quien aquí escribe. No ser un poeta consagrado y conocido tampoco prohibe al profano expresarse como buenamente pueda. Y nadie posee a la poesía. Porque allí donde existe el sentimiento la belleza de la palabra siempre sucumbe a la tentación de adorarlo. En consecuencia, no hay límites ni barreras que puedan contener a los sentimientos. Es por ello que ni la percepción ni tan siquiera el razonamiento son capaces de sujetarlos permanentemente. Tampoco hay palabras que agoten la descripción de la belleza que aquellos generan en nuestro espíritu. Lo inalcanzable se nos muestra a través del lenguaje. Lo imposible se nos ofrece mediante el verbo.

Y esa sensación de poder ser Dios mediante un cierto uso extraño del lenguaje nos conquista el alma. Al final es la ambición de ser más de lo que nos sabemos ser lo que nos impulsa hacia la conquista del universo de lo imposible. Y se a ello se llega por el lenguaje. Así pues, lo que no alcanza la ciencia nos lo propone la escritura y ambos desafíos van de la mano en la historia de la humanidad. ¿Cuál de ellos llegará más lejos?